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PRÓXIMO CICLO: "CINE LGTB"

domingo, 19 de noviembre de 2017

Tangerine de Sean Baker


Ficha técnica y sinopsis. Portada del programa de mano.

«Todos, ya sean heterosexuales, homosexuales, lesbianas, bisexuales o transgénero, deberían poder mostrar sus verdaderos colores y ser aceptados y queridos por lo que son.»

Cyndi Lauper.


Poco contenido asociable a una idea de lo que significa transgénero nos podemos encontrar antes de la década de los sesenta, obviamente ignorando clásicos del travestismo cómico como La novia era él (Howard Hawks; I Was a Male War Bride, 1949) o Con faldas y a lo loco (Billy Wilder; Some Like It Hot, 1959). Es algo que extraña viendo como comenzó a tratarse el tema LGTB en la historia del cine, con autores como el alemán Magnus Hirschfeld, que antes de supervisar las primeras operaciones de reasignación de sexo popularizó la palabra "travesti", y coescribió la primera película explícitamente homosexual Diferente a los demás (Anders als die Andern, 1919), dando pie a que el tema pudiera desarrollarse a una velocidad meteórica en los tiempos que venían.

Resulta curioso cómo, al parecer, las primeras personas transexuales y abiertamente identificadas como transgénero, que generalmente nacían como hombres, eran ignoradas completamente. El cine, al igual que los periódicos y la televisión, tendió a centrarse en las mujeres con apariencia de hombre, quizás porque la idea de que los hombres renunciaran voluntariamente a sus privilegios masculinos confundía demasiado a aquellos que controlaban los medios de comunicación occidentales.

La llegada del esperpento de Glen o Glenda (Glen or Glenda, 1953) de Ed Wood vino a convertir la historia de Christine Jorgensen, primera mujer transgénero estadounidense, en un sketch semi-autobiográfico sobre un hombre que jugueteaba con los suéteres de angora. Entonces la industria del cine se preguntaría qué serían capaces de hacer directores en condiciones con un argumento que daba de sí para contar historias, pero lo cierto es que en los años venideros costó mucho pasar de un travestismo meramente caricaturesco o extravagante.


Cartelería internacional de Tangerine.


En 1960 llega Psicosis (Psycho) de Alfred Hitchcock, basada en la novela que escribió Robert Bloch sobre Ed Gein, un asesino en serie que se hacía chalecos de piel con las más de una docena de mujeres que mató. Pero el personaje de Norman Bates no fue más allá de la representación de un asesino con trastornos mentales y, en consecuencia, de género. Un prototipo de psicópata travesti que tuvo continuidad con La matanza de Texas (Tobe Hooper; The Texas Chain Saw Massacre, 1974), El silencio de los corderos (Jonathan Demme, The Silence of the Lambs 1991) o Vestida para matar (Dressed to Kill, 1980) de Brian De Palma.

Durante la década de los sesenta, cabe decir que, paralelamente al cine más comercial, hubo directores clandestinos que intentaron una aproximación más cercana al colectivo trans. Jack Smith empleó a Mario Montez, entre otros, para obras como Flaming Creatures (1963) y Normal Love (1963). Por su parte Ron Rice o Andy Warhol, también utilizaron actores que desafiaban la normatividad sexual en sus diferentes obras.

Más tarde, en Europa, Pedro Almodóvar o Rosa von Praunheim eligieron a personas transgénero para interpretar papeles transgénero, algo que incluso a día de hoy sigue siendo inusual: el cine popular no cesa en relacionar papeles trans con personas que no lo son, por ejemplo el recientemente oscarizado Jared Leto, que ganó su estatuilla por hacer de Rayon en Dallas Buyers Club (Jean-Marc Vallée; 2013).

Sin embargo las protagonistas de Tangerine (Sean Baker; 2015), son prostitutas transgénero interpretadas por actrices transgénero, y no es sólo en este punto donde la película que nos ocupa rompe con los moldes del cine actual. Esta curiosa comedia del angelino Sean Baker provocó un gran revuelo en el festival de cine de Sundance después de revelar que se rodó con un iPhone 5s, algo que el cineasta había logrado mantener en secreto hasta su estreno. Un factor que sorprende y vale para atraer la atención de otros cineastas independientes que puedan encontrar una motivación extra al ver lo que Baker ha sido capaz de conseguir con escasos recursos.

Para las personas transgénero, el lanzamiento de Tangerine, en un principio, no parecía tener demasiada influencia. Realmente la película no estaba en el radar de ningún género, salvo en el de los fanáticos de las películas anteriores de Baker, Starlet (2012) o Prince of Broadway (2008). La primera impresión al leer la sinopsis era la de encontrarse con un experimento aventurero que describía lo siguiente: "Una Nochebuena en Tinseltown, en la que Sin-Dee está de regreso, y al enterarse de que su novio no ha sido fiel durante los 28 días de reclusión, la protagonista y su mejor amiga, Alexandra, se embarcan en una misión para llegar hasta el fondo de un rumor escandaloso”. Típico ‘buddy film’ de búsqueda y captura a través de las subculturas de Los Ángeles.

Todo bien, excepto por el hecho de que en Sundance no se mencionó que tanto Sin-Dee como Alexandra son personas trans, y que la principal "subcultura" que explora la película es una cultura trans vista al nivel de la calle. Difícil que podamos encontrar algo similar.

Leída la sinopsis y tomado el primer contacto con el material promocional de la película, Tangerine pasa a ser un producto temerario y valiente en la forma en que presenta a sus dos ardientes heroínas, mujeres trans ferozmente individualistas que intentan sobrevivir en unas calles de Los Ángeles nada confortables.


Las intérpretes transgénero se meten en el papel de los dos principales personajes, una triste anomalía en el cine.


Baker reveló durante una retrospectiva de su trabajo que Tangerine le inspiró a querer mostrar un "distrito no oficial" de Los Ángeles por primera vez en la gran pantalla. "Sabía que allí habría historias que contar", dijo.

Sus anteriores largometrajes se centran de igual modo en culturas ignoradas en la gran pantalla. Take Out (2004) gira alrededor de la vida de un inmigrante chino en Nueva York que intenta pagar una cuantiosa deuda entregando comida para llevar. En Prince of Broadway, dos inmigrantes se ganan la vida comerciando con marcas rebajadas y falsificaciones, mientras que en el estudio de personajes de Starlet también se explora la industria del porno californiana.

Durante ocho meses, Baker salió a la calle con su equipo para conocer la zona a la comúnmente se refieren como ‘el distrito de luz roja’ y sus habitantes. Allí se encontró con la aspirante a intérprete trans Mya Taylor, la más reservada de la pareja protagonista y que interpreta a Alexandra en Tangerine.

"Ella era nuestro pasaporte", dijo Baker. A través de Taylor, Baker conoció a Kiki Rodríguez, compañera de reparto que sería elegida como la volátil pero adorable Sin-Dee Rella. Al segundo de verlas juntas, Baker sabía que tenía una película.

Por lo visto en toda su obra, queda claro que Baker tiene preferencia por el uso de actores no profesionales, y en este caso logra que Mya Taylor y Kitana Kiki Rodriguez brillen en un talentoso debut. Se nota que son amigas también en la vida real y no dan la impresión de querer engañar a nadie con la película, se valen por si solas para no parecer mártires o víctimas, sino más bien personas cercanas, cuyos personajes se abren paso a través de los bares, escaparates, gasolineras y moteles más cutres y mugrientos de un Hollywood inhóspito en la víspera de Navidad.

Taylor y Rodríguez ya eran muy amigas de las mujeres trans que trabajan en el distrito, por lo que han sido testigos de todo tipo de situaciones y querían que se contara esta historia. Rodríguez, concretamente, insistió en que Baker mostrara la dura realidad de lo que sucede en las calles con la prostitución, pero a la vez haciéndola divertida y entretenida. El realizador ha admitido en más de una ocasión que su enfoque habría sido más pesimista y dramático si Rodríguez no hubiera pedido que se presentara a estos personajes al público de una manera pop y simpática, con la que la gente pudiera identificarse.

De este modo Tangerine es una comedia vibrante y colorida en la que Sin-Dee, una trabajadora sexual transgénero, se mueve de un lugar a otro en la víspera de Navidad, molestando a la gente para obtener información sobre el paradero de su novio, el 'chulo' Chester (James Ransone). El personaje de Alexandra reparte 'flyers' para su actuación en el Hamburger Mary's, un pilar gay en el corazón de West Hollywood, todo sin salir en ningún momento de una concepción cruda e imperfecta de las calles.


En Tangerine el crescendo narrativo se reparte entre lo gracioso, lo doloroso y lo delirante.


Sean Baker saca a relucir las miserias de todo el mundo, sin mostrar una solución fácil para nadie. Sin-Dee anhela el romanticismo, aunque por ello tenga que aferrarse a un perdedor como Chester; mientras, el solitario Razmik (Karren Karagulian), un taxista armenio, se arriesga a perder una familia ya consolidada recibiendo alivio en un túnel de lavado. En definitiva, y por más que lo intentan, nadie en Tangerine logra el equilibrio, sea del género que sea.

De forma parecida, recuerda a cómo el cineasta turco-alemán Fatih Akin establece sus películas en áreas urbanas tremendamente complicadas, donde la diversidad cultural entra en un choque continuo. La inclinación neorrealista de autores como Baker capta, sin manipular, lo peor y lo mejor de sus personajes, combinando inteligencia emocional, humor estridente y obscenidad. Un estilo muy personal que Baker, junto a su ayudante de fotografía, Radium Cheung filman mediante el uso exclusivo de tres iPhone 5s, lo que hace que la película resulte aún más exclusiva.

No es la primera película rodada con un teléfono (los precursores Patrick Gilles y Hooman Khalili ya hicieron Olive, película rodada con un Nokia N8 en 2011), pero sin duda es la mejor usando los adaptadores de lentes anamórficas, que capturan hermosas vistas panorámicas de las calles de Los Ángeles.

A medida que el sol se pone y la caza de Sin-Dee Rella continúa, el iPhone se revela como una opción ideal para captar los naranjas profundos y radiantes de una puesta de sol, o los púrpuras fríos y las formas vibrantes, que solamente son posibles en las navidades de un lugar cálido y seco como Los Ángeles.

Con el adaptador anamórfico Moondog Labs para la grabación en pantalla ancha y la aplicación FiLMIC Pro, se controlan aspectos como el enfoque, la apertura o la temperatura de color. Con estos medios parece difícil establecer una estética tan característica, pero lo cierto es que las imágenes, casuales e imprevisibles de Tangerine, quedan unidas bajo una notable sofisticación técnica.

Las actuaciones deslumbrantes chisporrotean y arden con energía en un relato agridulce respaldado por sentimientos de empatía y afecto perfectamente insertados en su atmósfera. En medio de la artificialidad a la que nos tienen acostumbrados con la ciudad californiana, hay una ternura real y una camaradería que lima los bordes más ásperos de las peores circunstancias que se puedan dar en una la ciudad.

Rodríguez y Taylor son pura química en pantalla, y proporcionan una comedia llena tanto de carcajadas como de melancolía. Un enfoque sin prejuicios que se agradece en una era de revisiones, secuelas y filones comerciales interminables.

El cine indie más humano viene a recordarnos que existen ideas frescas y sorprendentes aguardando una oportunidad.



Toni Cristóbal


Vídeo introductorio a Tangerine
por Toni Cristóbal.








lunes, 13 de noviembre de 2017

Víctima de Basil Dearden


Ficha técnica y sinopsis. Portada del programa de mano.

«Es una ofensa que un hombre cometa un acto de grosera indecencia con otro hombre, ya sea en público o en privado. Pena de 2 años de prisión.»

Ley de delitos sexuales del Reino Unido (1956).


La represión de las minorías y en especial con el colectivo homosexual ha estado presente desde tiempos lejanos en las civilizaciones de todo el mundo debido a la aproximación religiosa con el cuerpo legislativo y penal de cada una de ellas. En Inglaterra existía ya en 1534 la 'Ley de Buggery', que fue la primera ley en contra de la sodomía en el país y que permitía que los homosexuales fueran ahorcados. No fue hasta 1861 cuando se promulgó la 'Ley de delitos contra las personas', en la que la sodomía continuaba siendo un delito pero ya no se castigaba con pena de muerte sino con multas y penas de prisión. En la década de los años 50 del siglo XX, la 'Ley de delitos sexuales' de 1956 continuaba considerando delito las relaciones homosexuales entre hombres. La difícil y polémica aplicación de esta ley, añadida a la mayor preocupación social por este tema, hizo que el gobierno encargara el conocido como 'Informe Wolfenden' que concluyó en 1957 que el comportamiento homosexual en privado y entre adultos que consintieran no debía seguir siendo un delito y que la homosexualidad no podía ser considerada legítimamente como una enfermedad; además, añadía que la ley no debía intervenir en la vida privada de los ciudadanos o tratar de imponer cualquier tipo de comportamiento, "a menos que hubiera un intento deliberado de la sociedad de convertir en equivalentes por medio de la ley la esfera del delito y la del pecado". No obstante, las recomendaciones de este informe no eran vinculantes y no se hicieron efectivas hasta once años después con la 'Ley de delitos sexuales' de 1967, con la que se consiguió una despenalización parcial de la homosexualidad. Esta ley conseguía un gran triunfo para los derechos civiles, aunque estaba sujeta a una serie de condicionantes todavía restrictivos que permitían que la homosexualidad fuera todavía castigada, aunque en mucha menor medida.


Cartelería internacional de Víctima.


Víctima (Victim, 1961) del director inglés Basil Dearden se gestó al albor del debate de una sociedad cada vez más comprensiva, justamente entre las leyes de delitos sexuales de 1956 y 1967, estando la homosexualidad todavía castigada por la ley con penas de prisión. La película aprovechó el impulso del 'Informe Wolfenden' y ayudó a conseguir un cambio de mentalidad entre los ciudadanos ingleses de su época.

Durante la década de 1960 se sucedieron una serie de acontecimientos sociales y políticos que provocaron un generalizado cambio de actitud que influyó enormemente en el contexto cinematográfico. La industria se veía obligada a recuperar espectadores tras la aparición de la televisión. La capacidad de sorpresa del público, y por lo tanto su atracción, tuvo que ser rescatada por una corriente vanguardista que buscaba ser renovadora. En Francia surgieron los jóvenes de la 'Nouvelle Vague' y en Reino Unido el 'Free Cinema'. Desde finales de los años 50, el cine británico buscaba una reafirmación y actualización. Con la llegada del 'Free Cinema' irrumpieron en escena una serie de realizadores y jóvenes interpretes que respondían en gran medida a los nuevos aires de liberación que subyacían en la sociedad británica. Las historias se inspiraban en lo cotidiano y estaban comprometidas con la realidad social, retratando a las clases bajas y denunciando la hipocresía de las clases media y alta. Los problemas de los obreros se hacían patentes en estas películas. Se acentuó el estilo documentalista y realista alejándose de la artificiosa narrativa que provenía de Hollywood.

A emergentes jóvenes como Tony Richardson, Karel Reisz o Lindsay Anderson se unió, en inquietudes, el veterano Basil Dearden. Formalmente más clásico, Dearden era un director que ya había demostrado interés en tratar temas sociales espinosos. Oportunista o no, tuvo la valentía de ofrecer al público historias controvertidas que mostraban la realidad del momento. La delincuencia juvenil, el racismo o la religión sacaban a la luz lo peor del ciudadano británico medio. Por ejemplo, en Crimen al atardecer (Sapphire, 1959) se mostraba el afloramiento de rechazo racista que sufría una joven mulata de aspecto caucásico al confesarle a la familia de su prometido que por sus venas corría sangre negra; el levantamiento del secreto le servía a Dearden para construir un crudo fresco de las relaciones con los inmigrantes de color. En Vida para Ruth (Life for Ruth, 1962) se contaba la historia de unos testigos de Jehová que perdían a su hija pequeña por no permitir a los médicos hacerle una transfusión de sangre. Son protagonistas de sus películas más jugosas, por lo tanto, las personas que gozan de algún rasgo distintivo y que puedan colisionar con los demás: los marginados, las minorías o los inadaptados. De esta manera, la candente temática homosexual no podía dejar de ser tratada por Dearden. Tras el 'Informe Wolfenden', la polémica sobre si los homosexuales debían o no ser perseguidos y castigados por la ley estaba de plena actualidad. Al respecto se rodaron varios filmes, como los dos que recuperaron para el momento a la figura de Oscar Wilde, autor de obras como El retrato de Dorian Grey (The picture of Dorian Grey, 1890) o La importancia de llamarse Ernesto (The Importance of Being Earnest, 1985). En sendas películas, Los juicios de Oscar Wilde (The trials of Oscar Wilde, 1960) de Ken Hughes y Oscar Wilde (1960) de Gregory Rattof, se mostraban los juicios que tuvo que soportar el escritor al ser denunciado y condenado a prisión por prácticas homosexuales en 1895. Quedaba demostrado que el público estaba ávido de asistir a historias actuales que les removieran por dentro. Pero no fue hasta un año después, en 1961, con el estreno de Víctima, cuando realmente se puso el dedo en la llaga respecto a la polémica ley recién promulgada y que continuaba reprimiendo a los gays.


En 1961 Dirk Bogarde era el actor inglés más famoso del momento. Arriesgó su carrera al interpretar a Melville Farr en Víctima, con la que consiguió una nominación por su interpretación en los premios BAFTA.


La concepción de Víctima tuvo grandes dificultades, siendo la primordial el fichaje de un actor que se atreviera a tratar un tema tan espinoso. Dearden, tras ofrecer el papel a varios actores de renombre y ser rechazado por estos, encontró en el inglés Dirk Bogarde al intérprete idóneo. Desde el principio de su carrera, Dirk Bogarde luchó por alejarse de las convenciones de galán romántico que los estudios querían imponerle. Pugnó toda su carrera por alejarse del encasillamiento para conseguir papeles diferentes y poco ortodoxos. Su estrellato estaba alejado de la pompa habitual llegando a negarse a acudir a estrenos, a salir con actrices famosas y a las exigencias de los estudios para que se casara, ya que resultaba sospechoso y peligroso para su imagen el no hacerlo. Con el consentimiento de interpretar al protagonista homosexual de Víctima, Bogarde vio cumplidos sus deseos e inauguró un nuevo punto en su carrera, haciéndola más valiente y valiosa. Los papeles que en adelante interpretaría fueron más arriesgados y sin miedo a que la identidad sexual de sus personajes afectara a su elección. En este sentido, destacan por encima del resto sus participaciones en El sirviente (The servant, 1963) de Joseph Losey y Muerte en Venecia (Morte a Venezia, 1971) de Luchino Visconti; en la primera de ellas se insinuaba una atracción dependiente entre amo y criado, y en la película italiana interpretaba a un compositor alemán con mala salud que se veía fascinado por la belleza de un adolescente. Con estos papeles consiguió fama y prestigio. Su vida privada estuvo también alejada de los focos, y actualmente se le considera un homosexual que guardó el secreto durante toda su vida. Lo cierto es que vivió durante más de 40 años con su manager, Tony Forwood, con quien se conservan películas caseras de la vida en común de ambos. La valentía de Bogarde al aceptar el papel protagonista en Víctima le convertía en un ser consciente de lo que su venerada figura de estrella mediática podía hacer para ayudar a concienciar y difundir la injusticia con la que eran tratados los gays. No tuvo miedo a que su papel en Víctima le acarreara problemas de imagen o laborales, ya que estaba totalmente convencido de que las nuevas generaciones de cineastas británicos iban a subvertir el temor a tratar los temas más arriesgados y de que el público moderno era más tolerante y curioso que al anterior.

En Víctima, Dirk Bogarde da vida a Melville Farr, un abogado casado y exitoso, que descubre como un antiguo conocido suyo, un joven gay llamado Barrett que en el pasado tuvo una relación con él, ha estado siendo chantajeado. De ahí el título del filme, Víctima, ya que los gays se ven bajo la amenaza de convertirse en víctimas de los chantajistas. Es así como Melville Farr se ve atrapado en el dilema de perseguir o no a los criminales al iniciar una investigación que le obligaría a salir del armario, haciendo de paso saltar por los aires la vida con su esposa y su prometedora carrera. La presión social hacía que los homosexuales fueran carnaza de chantaje. En la película, el personaje de Barrett llega a robar de su trabajo 2.300 libras, lo que hoy vendría a ser algo más de 45.700 euros. Muchos de los afectados no conseguían soportar la presión y acababan quitándose la vida. Además, Dearden se molesta en enseñarnos las reacciones de los personajes secundarios que van desde la aversión hasta la tolerancia. La mayoría, sin embargo, intenta alejarse del problema o ponen buenas caras de frente mientras que a espaldas de los perseguidos pronuncian su repulsa. Algunos, como el camarero del pub, retratan a la perfección la hipocresía de la clase media.

La fotografía en blanco y negro creaba una sensación opresiva y retrataba en tono de cine negro los barrios en construcción, los locales en los que se reunían los gays y las habitaciones en penumbra de sus habitantes. Víctima se trata de una película de género policíaco con la suficiente intriga y suspense como para que el mensaje recalara más fácilmente. En 1919, la película alemana Diferente a los demás (Anders als die Andern), dirigida por Richard Oswald, intentó concienciar al público alemán sobre la tolerancia hacía la homosexualidad utilizando también la fórmula del chantaje como el agente que impulsaba la trama.


Imágenes del rodaje de Víctima.


Víctima es la primera película británica en la que se utiliza la palabra “homosexual”; para ello, tanto Dearden como su productor habitual, Michael Relph, presentaron el guion previamente a los censores ingleses y, a pesar de no objetar nada contra la palabra en cuestión y de que no se mostrara ni una casta aproximación entre dos varones ni insinuación alguna, la película obtuvo la clasificación X, es decir, para mayores de edad. Esto no impidió que la película se convirtiera en un éxito. Por el contrario, cuando se estudió proyectarla en los Estados Unidos, los censores de ultramar exigieron que la palabra “homosexual” se eliminara de la banda sonora, a lo que los responsables de la película se negaron; de este modo, le fue negado el sello de aprobación de la MPAA (organismo de censura estadounidense), por lo que el público americano le dio la espalda.

En 2013, La Reina Isabel II otorgó póstumamente el perdón a Alan Turing, un héroe nacional que con su trabajo descifrando códigos durante la Segunda Guerra Mundial ayudó a derrotar a los nazis y que está considerado como uno de los padres de la informática moderna. Turing fue condenado por indecencia grave tras mantener relaciones con otro hombre en 1952. Más tarde fue castrado químicamente y se suicidó comiendo una manzana con cianuro en 1954, de ahí el logotipo de Apple. Desde entonces la propuesta legislativa llamada 'Ley Alan Turing' busca que se otorgue el mismo indulto póstumo a todos aquellos que sufrieron castigo por su condición sexual, como en el caso del escritor Oscar Wilde y de miles de personas que hoy en día no habrían sido castigados por su orientación sexual.

Basil Dearden no ha pasado a la historia del cine como un gran artista, más bien se le conoce como a un artesano efectivo capaz de crear películas entretenidas; sin embargo, es un ejemplo de lo que posteriormente se vendría en llamar “cine social” y que en las islas británicas tiene su mayor representación en cineastas de la talla de Ken Loach o Mike Leigh. Gracias a Dearden y la valentía mostrada por actores como Dirk Bogarde, el cine gay (y por extensión el resto de siglas del colectivo LGTB) disfruta actualmente de buena salud, teniendo festivales de cine dedicados a fomentarlo y consiguiendo grandes premios dentro de la industria. Tal es el caso de la ganadora en los Oscar en la edición de 2017, Moonlight (2016) del director afroamericano Barry Jenkins.

Sin duda, el camino hasta la normalización ha sido largo y merece la pena recordar a artífices del mismo como Basil Dearden que, con su trabajo, ayudaron a que la identidad sexual de cada individuo sea tratada con respeto e igualdad en nuestros días.



JMT


Vídeo introductorio a Víctima
por JMT.








lunes, 6 de noviembre de 2017

La calumnia de William Wyler


Ficha técnica y sinopsis. Portada del programa de mano.

«Yo he tenido que luchar para ser yo y que se me respete, y llevar ese estigma, para mí, es un orgullo. Llevar el nombre de lesbiana. No voy presumiendo, no lo voy pregonando, pero no lo niego. He tenido que enfrentarme con la sociedad, con la Iglesia, que dice que malditos los homosexuales… Es absurdo. Cómo vas a juzgar a un ser que ha nacido así. Yo no estudié para lesbiana. Ni me enseñaron a ser así. Yo nací así. Desde que abrí los ojos al mundo. Yo nunca me he acostado con un señor. Nunca. Fíjate qué pureza, yo no tengo de qué avergonzarme... Mis dioses me hicieron así.»

Chavela Vargas, al diario El País en octubre del año 2000.


En el año 1934 la dramaturga estadounidense Lillian Hellman obtendría su primer gran éxito con su obra para teatro The Children’s Hour un drama ambientado en un internado para niñas fundado y regentado por Karen Wright y Martha Dobie, dos jóvenes mujeres que mantienen una relación de amistad íntima desde su etapa universitaria; una de las niñas, Mary Tilford, huye del internado tras ser reprobada en varias ocasiones por ambas directoras por su reiterante mala conducta, rebelde, manipuladora y mentirosa compulsiva; para evitar ser enviada de nuevo al internado, la niña acude a ver a su abuela y le revela que las dos directoras están teniendo una relación amorosa. Esta acusación difamatoria se hace viral en el entorno del internado y procede a destruir las carreras, las relaciones y las vidas de Karen Wright y Martha Dobie. La obra se representó por primera vez en Broadway el 20 de noviembre de 1934, en el Teatro Maxine Elliott, producida y dirigida por Herman Shumlin. La producción tuvo un enorme éxito y continuó activa en el Teatro Maxine Elliott hasta julio de 1936 con 691 representaciones. También en 1936 se presentó en París y en el Gate Theatre Studio de Londres. La obra de Hellman se inspiró en una historia real acontecida en 1809 sobre dos maestras de escuela escocesas cuyas vidas fueron destruidas cuando una de sus estudiantes las acusó de tener una relación lésbica; aunque finalmente ganaron su demanda la infamia devastó sus vidas. En el momento del estreno de la obra, en 1934, cualquier mención a la homosexualidad sobre el escenario era ilegal en el estado de Nueva York, pero las autoridades optaron por pasar por alto el tema cuando la producción de Broadway fue aclamada por la crítica.


Cartelería internacional de La calumnia.


En 1930 la asociación de productores cinematográficos de Estados Unidos (MPAA) estableció un código de producción cinematográfica determinado por una serie de reglas restrictivas sobre qué se podía ver en pantalla y qué no en las producciones estadounidense, que sería popularmente conocido como el Código Hays —en alusión al miembro del partido republicano y primer presidente de la Asociación de Productores y Distribuidores de Cine de América, William H. Hays—. Finalmente se aplicaría, precisamente, a partir de 1934, no sería derogado hasta 1967. Debido a que el Código Hays, ya vigente, nunca permitiría que una película se centrara en el lesbianismo, ni siquiera que lo insinuara —“ Las perversiones sexuales y toda alusión a éstas está prohibida”, sentenciaba tajantemente el código—, el productor independiente Samuel Goldwyn fue el único interesado en comprar los derechos. Goldwyin consiguió que la propia autora, Lillian Hellman, adaptara su obra para la gran pantalla, y la dramaturga cambió la mentira difamada original en la obra, acerca de que las dos maestras de escuela eran amantes, por otra infamia en la que una de las maestras se había acostado con el prometido de la otra. El recién aplicado Código Hays impidió también el uso de cualquier referencia al título original de la obra; Hellman cambió el título de su guión —forzosamente mostrado como original y no como una adaptación basada en su obra— por La Mentira (The Lie), aunque finalmente la película fue bautizada como Esos tres (These Three). Goldwyn ya había contratado a los tres actores protagonistas —Miriam Hopkins como Martha Dobie, Merle Oberon como Karen Wright y Joel McCrea como el Doctor Joseph Cardin— cuando le ofreció a un todavía desconocido William Wyler —que hasta entonces solo había dirigido películas de serie B y Westerns—, la oportunidad de dirigir la película, junto con un contrato para cinco años. Esos tres se estrenaría finalmente en 1936, distribuida por la compañía United Artists, con un significativo éxito por parte de la crítica y Bonita Granville sería nominada al Oscar a la mejor actriz secundaria por su interpretación en el papel de Mary Tilford, la perversa niña que difama la mentira en el internado. A pesar del reconocimiento de la crítica a la labor en la dirección de William Wyler, éste se mostró abiertamente indignado con las restricciones impuestas por el Código Hays y sentenció: “La obra de la Señorita Hellman todavía no se ha filmado”. Lillian Hellman, conocida por su compromiso político con causas izquierdistas fue reclamada años más tarde por el Comité de Actividades Antiamericanas en 1952, sospechosa de comunismo, ante el que se negó a declarar. Su amante, el escritor Dashiell Hammet ya había ingresado en prisión por negarse a colaborar en la caza de brujas iniciada por el senador republicano Joe McCarthy.

En 1961, veinticinco años después del estreno de Esos tres, William Wyler tuvo una segunda oportunidad para llevar la obra original de Lillian Hellman a la gran pantalla, de la mano, de nuevo, de United Artists, pero esta vez producida por el propio Wyler. Para La calumnia (título con el que se estrenó en España) Wyler contó con un elenco interpretativo de lujo, con Audrey Hepburn en el papel de Karen Wright, Shirley MacLaine en el papel de Martha Dobie y James Garner en el papel del doctor Joe Cardin, prometido de Karen. La actriz Miriam Hopkins, que interpretó a Martha Dobie en la primera versión de 1936, fue contratada por Wyler para interpretar, esta vez, a la señora Mortar, la extravagante tía de Martha que convive con ellas en el internado, proporcionando así una sugerente continuidad entre los dos papeles. Las cuestiones sobre el título de la película persistieron, sin embargo. Se consideraron títulos como Infamia (Infamous), La infamia (The Infamous) o El susurro más alto (The Loudest Whisper), título con el que se estrenó en el Reino Unido. Finalmente, Wyler consiguió que se aceptara el título de la obra original, The Children's Hour, y que el nombre de Lillian Hellman apareciera en los créditos iniciales bajo el título de la película como autora de la obra original. A diferencia de la película de 1936, la tarea de escribir el nuevo guion recayó en las manos de John Michael Hayes. Sin embargo, Hellman obtuvo un segundo crédito en la pantalla por "adaptar" el guión de Hayes, aunque más tarde afirmaría que "no tuvo nada que ver con ello" y que el guion “fue adaptado por otra persona".


Martha Dobie (Shirley MacLaine) y Karen Wright (Audrey Hepburn) verán peligrar sus carreras profesionales y relaciones sociales por culpa de la infamia propagada por una niña del internado que regentan.


Cuando Wyler comenzó el proyecto de filmar La calumnia, la homosexualidad y el lesbianismo todavía se consideraban razones de peso para prohibir el estreno de una película por el aún vigente Código Hays. Todavía en 1961, el hecho de que el guion no contuviera las palabras "lesbiana" u “homosexual” literalmente no hizo de la filmación una labor mucho más fácil de lo que fue 25 años antes. Al igual que en la primera adaptación, la calumnia, la mentira difamada por la niña Mary Tilford es sugerida al espectador y nunca expresada en palabras, literalmente, por ninguno de los personajes. En última instancia, sin embargo, La calumnia tuvo más éxito contra los censores del Código Hays que Esos tres, que capituló por completo ante las demandas de la Oficina Hays. El remake se convirtió en uno de los pocos filmes que contribuyeron a la modernización del Código de Producción, que finalmente fue reemplazado en 1967 por el sistema de Clasificación por Edades de la MPAA, un tanto más liberal. Sin embargo, los cambios se produjeron principalmente debido a las presiones del mercado, y no porque la Motion Picture Association of America se hubiera convertido de repente en una institución de censura más amable.

Aprovechando esta “tolerancia” producida por las demandas del mercado, La calumnia resultó mucho más fiel a la obra original que Esos tres, al incluir la verdadera naturaleza, presente en la obra de teatro, del secreto susurrado: el "conocimiento de una conducta sexual pecaminosa y antinatural" entre Karen y Martha. Esta restauración libera a Wyler del trío amoroso artificial impuesto en la película de 1936 que desvirtuó la obra original de Hellman sobre las relaciones de poder en la sociedad americana con una historia de amor típica de Hollywood. El inicio de La calumnia presenta a los personajes de un modo similar al de la obra de teatro, con un recital de piano en la escuela, y el compromiso matrimonial entre Karen y Joe se sugiere inminente. Este motivo de la trama devuelve la historia de amor entre Joe y Karen al fondo al que pertenece, para dejar paso a la verdadera protagonista del film, la calumnia, y a todo el subtexto derivado de la misma: la intolerancia de una sociedad preestablecida capaz de destruir la vida de cualquier persona señalada por una moral tan inexpugnable como hipócrita.

Si bien es cierto que a día de hoy el tema lésbico parece aceptado y normalizado en los países occidentales más desarrollados, a principios de los 60 todavía resultaba un tema más que controvertido. Las revoluciones sociopolíticas sucedidas en los años 60 significaron el germen de mucha de la libertad de expresión de la que gozamos hoy día. Los disturbios acontecidos el 28 de junio de 1969 en Stonewall, en Nueva York, marcaron el inicio del actual movimiento de liberación sexual. Desde entonces, cada 28 de junio se celebra en todo el mundo el Día Internacional del Orgullo LGTB, en el que se reclaman derechos por la tolerancia y la igualdad del colectivo. La noción básica del «orgullo LGTB» reside en que ninguna persona debe avergonzarse de lo que es, sea cual sea su sexo o identidad sexoafectiva. Pero en los albores de los años 60 la situación actual sobre la libertad sexual resultaba impensable. Esta película, La calumnia, está incluida en un ciclo temático que pretende mostrar la situación del colectivo antes del nacimiento de su activismo político y la situación del mismo en la actualidad, para dar constancia del cambio social y del progreso respecto a la lucha por los derechos del colectivo LGTB. Y el cine, como el resto de las artes, es una herramienta necesaria para mostrar ese progreso.

Particularmente en los Estados Unidos, como comentábamos anteriormente, a principios de los años 60 la censura se había relajado por presiones de mercado y la aplicación del Código Hays se debilitaba progresivamente, pero aún quedaba por derribar un último tabú: la homosexualidad. Los realizadores, cansados de las limitaciones, comenzaron a rodar películas en las que se incluían implícitamente a personajes homosexuales, pero siempre bajo el cliché que debía acompañarlos: llevando una vida atormentada y estigmatizada por su condición sexual hasta el final de sus días. La calumnia es uno de los casos paradigmáticos —quizá el más significativo de ellos— sobre el prototipo de personajes homosexuales que el cine norteamericano ofrecía durante este periodo. Diferente pero fiel al original de la obra de teatro de 1934, el desenlace del relato en La calumnia es previsible.


La infamia susurrada por la niña Mary Tilford (Karen Balkin) a su abuela Amelia Tilford (Fay Bainter) despertará la intolerancia de una sociedad preestablecida capaz de destruir la vida de cualquier persona señalada por una moral tan inexpugnable como hipócrita.


La calumnia es, de todos modos, un referente de cabecera en la historia del cine lésbico americano. Sin embargo, durante todo el periodo anterior al Código Hays impuesto en 1934 —la conocida como era “Pre-Code”—, que incluye toda la etapa silente del cine americano y los albores del cine sonoro, encontramos precedentes significativos. Películas, por ejemplo, en las que las mujeres asumían un rol masculino, vistiendo como tal, y eran consideradas atractivas tanto por hombres como por mujeres. Es el caso del film Marruecos (Morocco, 1930) de Josef von Sternberg, en el que Marlene Dietrich se viste con un esmoquin de hombre en un club nocturno y es aplaudida por todos los asistentes del mismo cuando da un beso en la boca a otra mujer. Otra película con guiños al lesbianismo fue La reina Cristina de Suecia (Queen Christina, 1933), dirigida por Rouben Mamoulian, en la que, a pesar de que se había cambiado la historia para no hacer alusión directa a la homosexualidad de dicha monarca, se mostraba la estrecha amistad que le unía con una de sus sirvientas también besándola en la boca; la famosa frase "moriré soltero", en masculino, de la monarca en la película es ya una frase para la historia. Su actriz protagonista, Greta Garbo, junto a la ya mencionada Marlene Dietrich, se convirtió en el icono lésbico por excelencia de la historia del cine. Hasta la realización de La calumnia en 1961, es difícil encontrar una película norteamericana con un subtexto implícitamente lésbico, aunque se pueden encontrar casos aislados como el drama carcelario Sin remisión (Caged) dirigido en 1950 por John Cromwell.

Sin embargo, los precedentes más significativos del cine lésbico se encuentran fuera de los Estados Unidos. La considerada como primera película abiertamente lésbica de la historia fue el film alemán Muchachas de uniforme (Mädchen in Uniform) dirigido en 1931 por Leontine Sagan y Carl Froelich. La trama de Mujeres de uniforme transcurre en 1910, cuando una joven huérfana llamada Manuela ingresa en un internado femenino en Prusia. La estricta disciplina del centro no será suficiente para evitar que Manuela se enamore de la joven profesora Elizabeth. Y aunque todas las alumnas beben los vientos por la encantadora docente, Manuela es la única que consigue conquistar su corazón. En 1958, el cineasta alemán Géza von Radványi dirigiría un remake de Mädchen in Uniform protagonizado por Romy Schneider y Lilli Palmer, en una versión mucho menos crítica y mordaz que la original de 1931, que no se estrenaría en España hasta 1977, bajo el temible título de Corrupción en el internado.

Actualmente, la producción de cine lésbico es mucho más prolífica y huelga decir que mucho más libre en su tratamiento y género. Algunos ejemplos en el cine americano de las últimas décadas son Lianna (1983) de John Sayles, Media hora más contigo (Desert Hearts, 1985) de Donna Deitch, High Art (1998) de Lisa Cholodenko, Monster (2003) de Patty Jenkins, Guardando las apariencias (Saving Face, 2004) de Alice Wu, Loving Annabelle (2006) de Katherine Brooks, Los chicos están bien (The Kids Are All Right, 2010) también de Lisa Cholodenko —primer film de temática lésbica nominado al Óscar a la mejor película— o Pariah (2011) de Dee Rees. Fuera de los Estados Unidos destacan obras como la sueca Fucking Amal (1998) de Lukas Moodysson, la neozelandesa Criaturas Celestiales (Heavenly Creatures, 1994) de Peter Jackson, la canadiense El último suspiro (Lost and Delirious, 2001) de Léa Pool, la española Habitación en Roma (2010) de Julio Medem, la francesa La vida de Adèle (La vie d'Adèle, 2013) de Abdellatif Kechiche —ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes— o la británica Carol (2015) de Todd Haynes.

Además de por su tratamiento del lesbianismo, La calumnia es recordada hoy como un clásico por otros factores. Particularmente en la filmografía de William Wyler significó un punto de inflexión en su labor como cineasta. A finales de los años 50 la crítica había acusado a Wyler de conservar un estilo demasiado “clásico” frente a los nuevos estilos de dirección que llegaban desde las nuevas olas del cine europeo. Wyler consiguió modernizar su estilo en la dirección en La calumnia sin perder su maestría en el oficio, conservando sus magistrales movimientos de cámara o la toma de primeros planos y añadiendo recursos en el montaje tan modernos para la época como el de la secuencia en la que Karen corre hacia el internado en busca de Martha, cortando los planos al modo en que lo hacían los franceses de la “nouvelle vague”. Por otra parte, la película también está considerada hoy día como un referente para el estudio de la naturaleza de la infamia y de los juicios derivados de la misma. En este sentido, La calumnia es una de las películas más programadas en las facultades de derecho de todo el mundo, junto con películas más actuales como la danesa La caza (Jagten, 2012) de Thomas Vinterberg.

La calumnia es una auténtica caza de brujas, una historia casi de terror que sitúa el relato en el peor escenario posible para el devenir de las protagonistas: un exclusivo internado para niñas en una localidad indeterminada de la América más profunda y conservadora a principios de los años 60. La calumnia retrata lo peor de una sociedad capaz de avalar cualquier rumor infundado ante el temor de que tiemblen sus cimientos tradicionales e inmutables. A pesar de que el historial de la niña Mary Tilford como mentirosa compulsiva y manipuladora es de sobra conocido por todos los personajes que rodean a Karen y a Martha, la naturaleza de la calumnia difamada por la niña es de tal gravedad que nadie se atreve a dar un paso adelante en su defensa, avalando de este modo a la propia calumnia e hiriendo profundamente la dignidad e integridad de ambas jóvenes, excluyéndolas para siempre de la sociedad en la que viven.

A pesar del evidente progreso en la normalización de los derechos de los homosexuales desde los años 60 hasta la actualidad, todavía queda mucho por luchar hasta que llegue el día en el que ninguna persona tenga que justificarse ante nada ni nadie por su identidad sexual.



Javier Ballesteros


Vídeo introductorio a La calumnia
por Javier Ballesteros.